IGUALDAD ¿DE HECHO,O DE DERECHO?

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La prensa está plagada de noticias que, de un modo u otro, hacen referencia a la igualdad, o más bien a la desigualdad de la mujer. Escuchamos hablar de la brecha salarial, el famoso techo de cristal que impide que las mujeres alcancen  puestos relevantes en la empresa o en el sector público,  la falta de magistradas en el Tribunal Supremo, la denuncia  del acoso sufrido por actrices en su trabajo, la eliminación de las azafatas en la Fórmula 1 o la retirada de cuadros con desnudos de mujer en un museo. Y, por supuesto, seguimos oyendo hablar de víctimas de violencia de género, un drama al que, desgraciadamente, parece que la sociedad ha llegado a acostumbrarse.

El  derecho a la igualdad, recogido en la Declaración de Derechos Humanos, se consagra en el artículo 14 de la Constitución Española: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.” El artículo 9 de la Carta Magna obliga a los poderes públicos a promover las condiciones para que la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas.  La Ley Orgánica Para la Igualdad Efectiva de mujeres y hombres y diversa normativa autonómica, vienen a completar el marco legal que pretende garantizar el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres en nuestro país. Por su parte, la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género constituye el pilar sobre el que se asienta la lucha contra el maltrato que la mujer sufre como víctima de su pareja, que no deja ser la consecuencia  o manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, según reza el artículo 1 del Título Preliminar de la citada norma.

Pero un buen marco no hace buena una fotografía, por lo que voy a  tratar de acercarme a esa “foto” de la situación.

En el ámbito laboral, desde el año 1961, la legislación española reconoce el derecho de la mujer casada a trabajar, si bien tuvo vetado  el acceso al Cuerpo Diplomático hasta 1962 y a la judicatura hasta 1966, por no hablar de los Cuerpos del Ejército, las Fuerzas Seguridad del Estado o la minería, sectores en los que la mujer no ha tenido presencia hasta hace poco tiempo. Muchas podríamos considerarnos una generación afortunada y, sin embargo, la fotografía que observamos en pleno siglo XXI sigue sin terminar gustarnos a pesar de su bonito marco. La brecha salarial entre hombres y mujeres es una injusta realidad. Algunas profesiones aun parecen “cosa de hombres”, como antaño rezaba aquel  eslogan de una marca de Coñac. Las mujeres que trabajan lo hacen en un alto porcentaje con una carga de estrés y sacrificio añadida a la de su propio trabajo porque las tareas domésticas  y el cuidado de los hijos siguen siendo más cosa de ellas. La conciliación familiar y laboral también parece que solo es cosa de las mujeres. Y así podemos seguir observando matices que hacen que al acercarnos a lo que, a juzgar por el marco, parecía una foto espectacular, no nos parezca tan bonita.

En campos en los cuales hay una importante oferta de trabajo, escasean las mujeres. Así ocurre en la mayor parte de los  relacionados con la tecnología.  El 28 de enero de 2018, la revista  Forbes publicaba un artículo en el que hacía un análisis de las causas por las cuales  tan sólo  el 10% de los profesionales que trabajan en  ciberseguridad son mujeres y de qué modo podría incrementarse su interés en dedicarse a ello. El estereotipo que la sociedad ha creado de la figura del “hacker”: Varón joven, sombrío, socialmente inadaptado,  que viste sudadera (con capucha, por supuesto),  puede hacer poco atractiva la profesión. Pero quizás pese más que  las mujeres que se han iniciado en este campo han sido peor remuneradas y menos promocionadas que sus compañeros varones, habiendo tenido que lidiar no solo con la discriminación  sino incluso  con el acoso en el trabajo.

También Forbes publicaba a finales del año 2017 un artículo: “Los 50 mejores médicos de España”.  Entre ellos sólo una mujer. Me cuesta creer que no haya en España mujeres médicos con méritos suficientes para ser incluidas en esa lista y, de ser así, deberíamos preguntarnos por la causa.

Las mujeres que deciden ser  autónomas o  dedicarse a una profesión liberal, se llevan la peor parte. A estas les da la risa cuando oyen hablar de meses permiso por maternidad y conciliación familiar y laboral. Aún me recuerdo después de dar a luz a mis hijos, redactando escritos con ellos encima, o saliendo corriendo de un juicio para dar el pecho a mi hija que me esperaba con su abuela a la puerta del juzgado.

Hace unos días le hablaba a una amiga de algunos colegas a quienes admiro por su brillantez y que además de contar con cerebros privilegiados, parecen sacar tiempo de debajo de las piedras para poder hacer tanto y hacerlo tan bien. Probablemente, viéndome algo acomplejada, me preguntó:  “¿Todos hombres?”.  Sí, le respondí. Ella me dijo: “Tú tienes tres hijos. ¿ De verdad crees que  esas mentes brillantes se ocupan de las cosas de las que te ocupas tú cada día en tu casa?”. Y es que una mujer puede hacer varias cosas a la vez, pero el día tiene veinticuatro horas para todos.

Podríamos pensar que en 2018 una mujer goza de la misma libertad  que un hombre al ser titular de los mismos derechos.  Pero, una vez más, si nos acercamos a la foto, nos damos cuenta de que las víctimas de delitos como stalking, trata de personas,  abusos, violación son en su gran mayoría mujeres y niñas y que las cifras de víctimas de violencia de género no se han reducido desde que en 2004 se promulgó la Ley Orgánica de  Medidas Protección Integral contra la Violencia de Género. 485.439 casos de violencia de género en el año 2017 son una cifra escandalosa que afea aún más esa foto de la igualdad que cada vez vamos notando más descolorida.

Muchas mujeres siguen sintiéndose vulnerables cuando salen solas a la calle por la noche y tienen que pasar por zonas poco concurridas. Las madres seguimos recomendando a nuestras hijas ciertas medidas para su seguridad personal como no regresar  solas a casa, evitar ciertos lugares potencialmente peligrosos e,  incluso el uso de la apps como Companion  para hacer un trayecto acompañada virtualmente y activar una alarma en tiempo real en caso de que se produzca un incidente.

Jóvenes y adolescentes repiten patrones que perpetúan la desigualdad: Chavales que controlan de forma enfermiza a sus parejas  tratándolas como una propiedad y chicas que ven con normalidad estas conductas. Algo estamos haciendo mal cuando la generación milenial no muestra visos de ser la de la consolidación de la igualdad entre hombres y mujeres.

Y mientras la foto nos muestra este panorama,  hay aun quien se empecina en la igualdad simbólica, semántica y formal,   que solo consigue hacer humo  y no deja ver el fondo del problema.   Se empieza a cuestionar  hasta el arte, en aras de la igualdad y el respeto a la mujer. La retirada de  “Hylas y las ninfas”  de Willian Waterhouse, de un museo de Manchester  en apoyo al movimiento “me too”  con el fin de  abrir el debate sobre la cosificación de la mujer en el arte  me hace pensar  que el asunto se nos empieza a ir de las manos.

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Las mujeres  que conozco quieren ser respetadas, que les reconozcan sus méritos del mismo modo que se reconocen  los de sus compañeros, que se las remunere igual que a estos por el mismo trabajo, que los hombres que las rodean asuman sus responsabilidades en el ámbito familiar, en la misma medida que ellas lo hacen, para que su desarrollo personal y profesional corra paralelo al de ellos. Quieren elegir ser médico, ingeniero, hacker, actriz, azafata de Fórmula 1, modelo, empresaria, juez o cualquier otra cosa y sentirse libres en su trabajo, sentirse seguras a cualquier hora y en cualquier circunstancia. Quieren ponerse tacones o no ponérselos, maquillarse o dejar de hacerlo, tener hijos o no tenerlos, decidir en base a sus propios criterios y no por presión social.  Las mujeres que conozco no quieren que se les regale nada para cumplir con cuotas,  ni que los directivos de su empresa se bajen el sueldo para equipararse a las mujeres que trabajan con ellos (seguramente preferirían que sus sueldos se equiparen a los que ellos cobran), no quieren que se reivindique su derecho a la igualdad a costa de la cultura o forzando la evolución natural de la lengua. En definitiva, no quieren un enfrentamiento con los hombres, sino una equiparación real y sin etiquetas.

Me gustaría que la fotografía de la igualdad fuese cada vez más nítida, más verdadera  y acorde con el hermoso marco legislativo que la recoge. Mientras tanto, por mi parte, solo puedo aportar mi humilde grano de arena trabajando para que se respeten los derechos de cada una de las mujeres que pasan por mi despacho.

 

Autora: María Inmaculada López González

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