UNA ABOGADA NATIVA ANALÓGICA EN LA ERA DIGITAL

Cuando estudiaba COU (Allá por el siglo pasado) y me planteaba qué carrera cursar, dos opciones se presentaban ante mí: Periodismo y Derecho. En aquella época no teníamos tantas posibilidades como tienen ahora los estudiantes, ni la diversidad actual de opciones. A pesar de que siempre me vi atraída por el Arte, estudiar Bellas Artes no era una opción, o al menos así me lo hizo ver mi padre, quien relegó su arte a los ratos libres que le dejaba su trabajo como contable en una empresa. Por aquel entonces me gustaba escribir, y por ello a punto estuve de acabar de periodista. Sin embargo pensé que estudiar Derecho me ofrecía la oportunidad de realizar un trabajo muy útil para la sociedad a la vez que gratificante para mí. Una actividad que imaginaba nada rutinaria y que me mantendría en permanente contacto con la gente, cosa que me podría ayudar a vencer mi natural timidez.

Acabada la carrera, con veintitrés añitos, probablemente cansada de leer tantos libros (aún se vivía en la era analógica), la opción de opositar debió parecerme demasiado dura, a pesar de que nunca se me dio mal estudiar. El caso es que, ansiosa de poner en práctica todo lo que los libros y mis profesores me habían enseñado, me lancé a la arena del ejercicio profesional como abogada. En honor a la verdad, tengo que decir que en aquellos días para una mujer era difícil conseguir un contrato laboral en una empresa como asesora o en una firma de abogados. Las compañeras de mi generación que lean este post probablemente recuerden, no sin cierta amargura, haber sido descartadas en los procesos de selección de personal en favor de compañeros suyos varones a pesar de tener currículos iguales o mejores que ellos.

Ni corta ni perezosa, al mes siguiente de obtener mi título, me presenté en el Colegio de Abogados de Toledo y pregunté qué necesitaba para colegiarme. No puedo olvidar la cara del Oficial Mayor mirándome con una expresión entre la incredulidad y el cachondeo. Tras indicarme la documentación que era necesaria, me preguntó si conocía a algún abogado con quien poder aprender el oficio. Le dije que no. Allí mismo me presentó a quien sería mi maestro en estas lides y a quien siempre agradeceré que me adoptara profesionalmente durante un tiempo en el que aprendí muchas cosas que me han sido de gran utilidad y, sobre los principios éticos que nunca deben olvidarse en esta profesión.

Volviendo la vista atrás, reconozco que haber iniciado así el ejercicio profesional más que un acto de valentía, pudo ser una temeridad propia de la juventud. Pero eran otros tiempos, los analógicos, en los que muchos fuimos autodidactas, no hicimos Máster de Acceso a la Abogacía, ni fuimos a la Escuela de Práctica Jurídica, si nos hablaban de tabletas pensábamos en chocolate, escribíamos nuestras notas para los juicios manualmente, nos comunicábamos por teléfono fijo y por carta y consultábamos la jurisprudencia en aquellos míticos tomos de Aranzadi que igual servían para encontrar una sentencia que nos venía al pelo para el asunto que preparábamos que para hacer la raya al pantalón si no éramos muy duchos con la plancha.

Recuerdo con mucho cariño esa época de mi vida. Quizás por eso hoy, en este primer post de mi blog, me veo animada a hablar de ella.

Tras bastantes años de ejercicio donde la conciliación de la vida familiar y laboral fue difícil y una breve etapa trabajando en el Derecho desde otro punto de vista, el de un consorcio público, me veo de nuevo ejerciendo la abogacía en una época donde han cambiado muchas cosas, y es que “los tiempos adelantan que es una barbaridad”, como diría D. Hilarión en La Verbena de la Paloma.

En el año 2015 gran parte de la normas básicas, sufrieron reformas profundas o fueron derogadas por la promulgación de nuevas leyes, nos relacionamos de forma distinta con clientes, compañeros u organismos, tenemos acceso desde nuestros dispositivos electrónicos a una ingente cantidad de información, cada vez se usa menos papel (excepto en los juzgados) , podemos acceder a formación desde casa o desde el despacho y sin horario, hablamos de smart contracts, blockchain, compliance, ciberseguridad, o derechos digitales, si nos quedamos sin wifi y sin móvil podemos acabar en urgencias con un ataque de ansiedad severo y hasta conozco compañeros que cobran sus honorarios en bitcoins.

Hemos entrado en la era digital y los abogados hoy debemos aprovechar las ventajas que nos ofrece, que son muchas, y adaptarnos a una forma distinta de trabajar. Poder realizar todo tipo de gestiones desde cualquier lugar y a cualquier hora,  mantener entrevistas con clientes al otro lado del mundo desde la pantalla del móvil o el portátil, trabajar en red con compañeros que residen a muchos kilómetros de distancia de nosotros, conciliar mas fácilmente vida personal y laboral, por no hablar de la posibilidad de incrementar nuestra cartera de clientes con personas a las que hace no tantos años nos habría sido imposible llegar o internacionalizar nuestro despacho sin morir en el intento.

La mayor de las ventajas quizás sea que la inversión que un abogado necesita hacer para desarrollar su profesión es mucho menor que hace unos años y que eso supone una democratización en el sector al permitir acceder a un mercado antes prácticamente inaccesible a despachos pequeños. Pero como no hay ventaja sin inconveniente, el abogado hoy debe dedicar de forma constante una parte de su tiempo a desarrollar su marca personal (me gusta más que decir branding), a hacer SEO, interactuar en redes sociales, adquirir hábitos en materia de ciberseguridad y, en definitiva, desarrollar nuevas habilidades  para estar presente en esa realidad paralela que es el mundo digital.

A pesar de tanta novedad venida de la mano del desarrollo tecnológico, hay instituciones y principios que sobreviven en su esencia a los cambios: ¿ Qué es un smart contract  sino un contrato, con sus derechos y sus obligaciones para las partes? ¿Acaso las evidencias digitales no tienen en un procedimiento el valor de un documento privado (art. 326 LEC)?

El motivo de iniciarme como bloguera quizás no sea otro que el de  plasmar algunas reflexiones personales sobre mis experiencias en este mundo de togas que poco a poco va cambiando y adaptándose a la sociedad del siglo XXI desde el punto de vista de una abogada nativa analógica que le ha tocado vivir y trabajar en esta era digital. Aunque  puede que también escriba por sacarme aquella espina de la que hablaba al inicio de este post, ser  periodista. Porque otra de las ventajas de la era en la que vivimos es que podemos escribir y publicar en internet y, con algo de suerte, hasta ser leídos.

Autora: María Imaculada López González

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